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Crónica de una cárcel: donde la vida no valía nada. El “Perro López”.

  • Foto del escritor: Aarón  Enrique Pérez Durán
    Aarón Enrique Pérez Durán
  • 5 may
  • 6 Min. de lectura

Aarón Enrique Pérez Durán

Historiador

Cronista del Municipio de Campeche


Tras el homicidio de Julio César López Domínguez, también conocido como el "Perro López", ocurrido el 6 de junio de 1993 en el penal de San Francisco Kobén, la prensa local sostenía que el espectro del crimen generaba conflictos internos en los reclusos del penal:

 

"El imperio de la "ley del más fuerte” ronda sobre la humanidad de 800 reos. El temor y la amenaza de muerte se pasean en las 15 hectáreas que privan de la libertad a una porción de esa sociedad. Es el penal de San Francisco Kobén donde las “alas de la libertad” están suprimidas, aunque hay espacio aún para el libertinaje. La vida y la muerte juegan, pero titubean en hacerse valer una de la otra. El fantasma del narcotráfico recorre las galeras y provoca luchas internas, estériles. Es Kobén y sus reos, es la cárcel y sus huéspedes. Ahí se roba, se comercia […] con licor de fabricación casera, tepache, a cinco mil pesos (viejos) el litro. Se trafican estupefacientes, aunque ninguno de los 800 internos sabe nada de nada: “Una cárcel no es cárcel si no hay mota. ¡Ves tú, entiendes! ¿No?”.

"Se cometen atracos sexuales entre los mismos internos. Se asesina con la ley en la mano. Es la ley del más fuerte. El pez grande se engulle al chico. No hay que ir hasta León, Guanajuato. Aquí en el Centro de Readaptación Social de San Francisco Kobén, también: “La vida no vale nada y se respeta al que gana”. Cuatro muertes, la última del “Perro López”, en menos de cinco meses, así lo confirman. Es el penal y sus huestes […]. El “Perro López” fue uno de ellos. También está Valentín […], y otros más. Ellos culpan a la sociedad. Ellos son las víctimas. Hay luto en Kobén, murió “el mayor”: “El Perro” fue buena onda con nosotros, nos alivianaba, nos hacía el paro, protegía a la banda. Él era, cómo te diré, ¡pues cuate!”.

“El ansia de escapar va de celda en celda; en el penal nadie es culpable de estar ahí. “Mira, a mí me acusan de haber vi0l4d0 a mi hija recién nacida, pero ni pruebas tienen […]; es más, ni examen médico le hicieron a la criatura. ¿Tú crees? No soy culpable”. 

"Untados en la pared están los aires de la violencia: “Aquí estuvo “El Perro López”, quizás no López, el que se fregó a José. El vandalismo bosquejado con sendos picazos sexuales en el cuerpo. La pornografía en la pierna de Valentín, dos cuerpos restregados. Huellas y grabados a tinta china, en brazos, tórax, piernas y espaldas. Como los de Manuel […]. Dibujos masoquistas que pinchan los poros y dejan estigmas de monstruos, ángeles, pegasos, cobras, mujeres y sus sexos revelados, nombres, miembros viriles y las más figuradas variadas, sin fallar la Guadalupana. Son los reos de Kobén. El penal y su ley de la selva, la cárcel y sus inmensos bemoles. Pierde el débil, triunfan los grandes y cualquiera puede morir. 

"Así le ocurrió a Julio César López Domínguez, aunque ya quería aprender a leer y escribir. Por quién doblan las campanas en las galeras de segregación: “Porque él fue buena onda, nos alivianaba gruesamente”, decían sus compañeros, quienes colgaron un moño negro en la entrada de su celda”.

“En menos de los cinco primeros meses del año suman ya cuatro muertes en el penal. El último fue Julio, de quien se dice que era el mandamás. De carácter agresivo, pero en últimas fechas mostraba buena conducta. Sin embargo, su muerte aún oscura se deba a venganzas de sus enemigos, quienes al verlo que bajó […] lo asesinaron de 60 puñaladas. Valentín […] aseguraba que a Julio lo habían asesinado porque no logró cumplir, junto con otros reos, la orden de un alto jefe, al parecer de dar muerte a otro recluso. El mismo Valentín, confinado a una celda de castigo, porque resultó agredido a machetazos por Jorge Alberto […] y Román […], y porque podría ser portador de VIH, en fechas pasadas, señalaba que él y el “Perro” colaboraban con altos jefes carcelarios en controlar a los demás internos, mientras mostraba una herida que le cruzaba el cuerpo, del pecho al vientre: "Aquí adentro la cosa está gruesa; a mí me quisieron matar, pero mis agresores fallaron y por ello me relegaron. La bronca es que todos quieren ser los meros meros, quieren ser los jefes de los grupos. En una cárcel hay de todo, pero no te puedo decir cómo entra y quiénes la venden, porque mi vida estaría en peligro". 

Acusado por cuatro delitos, del mero barrio de Santa Ana, el Valentín lanzaba acusaciones a diestra y siniestra desde su celda “especial": “Otros reos, quienes prefirieron el anonimato, dijeron que la lucha por tomar el poder en el reclusorio se había agudizado: "Mira, tú sabes que aquí y en cualquier otra cárcel del mundo hay mota. Es lo que menos falta hace en cualquier lugar de estos, pero no te puedo decir cómo y quiénes la introducen, porque mi vida estaría en peligro".

"Valentín acusaba a Arturo […] de ser uno de los que querían tomar el control del penal y que desconocía a los asesinos del “Perro” porque temía por su vida. Por su parte, las autoridades penitenciarias aceptaban que en fechas pasadas se introducía droga al penal, a través de pelotitas de plástico […] era traspasada por la parte trasera del reclusorio, en donde se ubicaba una quinta frutícola". “Galera SC-3, el estribillo de‎: “[…‎] tú estás siempre en mi mente, pienso en ti, amor, cada instante […]"; invade el lugar. Es una canción de “Juanga” que brota de una guitarra mal tocada. La toca Reyes Daniel, quien también hace cuadros. Ahí la mayoría de los 49 reclusos padecen amebiasis. Se quejan de carencias médicas. Para Luis […], acusado de homicidio y que se dice inocente, uno de los mayores riesgos en Kobén es contraer enfermedades debido a la falta de higiene en la comida y la insalubridad en los baños y dormitorios. Sin embargo, el verdadero problema en sí de nueva cuenta era la violencia: “Aquí si te descuidas te lleva la […]”, aseguraba Teófilo, acusado de homicidio”.

Después del trágico asesinato de Julio César “El Perro”, la imagen de este pasó a formar parte de los hombres ídolos que se crean en la imaginación colectiva de los internos de una prisión, una galera o una celda de castigo; rostros con síntomas de agresividad, cabellos a la punk y grafitis en los cuerpos a tinta china. Es la celda “La novia del mar”, donde no hay mar y nadie tiene novia. Ahí un grupo de reos platica y se enorgullece del difunto “Perro López”: Él fue buenísima onda con nosotros, siempre nos alivianó y nos hacía el paro […] aunque para la mayor parte de la sociedad haya sido desconocido. Era el jefe […] mayor de la penitenciaría, todos le respetábamos la vara. ¿Y quién lo mató? […] El silencio absoluto. Miradas entre ellos. Uno se envalentona, mira en derredor y afirma: “Sí lo sabemos, pero no podemos decirlo, porque nuestra vida corre peligro. Tú sabes, ¿no? ¡Agarra la onda!”. (Jiménez, 1993).

Aun después de muerto, Julio César López Domínguez siguió siendo famoso entre todos aquellos que compartían un espacio, anécdotas, lágrimas, rencor y esperanzas en el penal de Kobén. Hasta su propio corrido le hicieron: “Fue un domingo 6 de junio, a Julio César López lo mataron, lo mataron por la espalda, no podían de otro modo, su muerte ya estaba comprobada, era un gallo de pelea, ahora se oye por todas las galeras los lamentos de su perro fiel que lo llamaban Pantera”. (Gladis Domínguez Castillo. Comunicación personal).

Aarón Enrique Pérez Durán

Historiador


Referencias:

* Ramón A. Jiménez Gómez. “Temor y amenazas de muerte rondan en Kobén” en Novedades de Campeche, jueves 10 de junio de 1993. 1era. Parte. pág. 4B.


*“Temor y amenazas de muerte rondan en Kobén” en Novedades de Campeche, viernes 11 de junio de 1993. 2da. Parte. pág. 4B.




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